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Desde Pina: el blog de Marisa Fanlo Mermejo

Cuando los papeles tienen vidas: una ficción con datos reales

1653

Juan de Pina se dirigía por el camino de Sástago junto a otros tres vecinos de Alborge a ver al abad del Monasterio de Rueda, fray Vicente Redorad. Él decidiría los dos de ellos que iban a ser los jurados del lugar de Alborge durante ese año, como marcaban las normas del señorío eclesiástico de Rueda.

Como aragoneses de pleno derecho, los vecinos de Alborge habían acudido en más de una ocasión al Justicia de Aragón, al igual que los de Lagata o Codo, en defensa de los derechos que les otorgaban los fueros. La intención de los administradores del Monasterio de Rueda de cobrar, además de dos dineros por cada pesada de las uvas de cepillo, uno o dos dineros por la de las de parra, les había obligado. Además, pretendía el abad que cuando acarreaban panes del cuarto porque no tenían del tercio, o del quinto porque no los tenían del cuarto, o del quinceavo porque no había del quinto, pretendía -decíamos- contar y alfarrazar cada tipo de pan, amenazando con las correspondientes penas y calonias. También denunciaron los vecinos en otras ocasiones que los administradores del Monasterio pretendían imponer castigos por aventar los panes por la noche.

Uno de los vecinos que había trasladado durante los últimos años los contrafueros del abad al Justicia de Aragón era Juan de Pina. Por eso, ese día de San Juan de 1653, Juan no tenía todas consigo al pensar en la elección que el abad haría, aunque a éste, fray Vicente, lo consideraba un hombre juicioso.

El abad, como representante del monasterio, era quien debía decidir, pero tan ocupado estaba fray Vicente Redorad con las obras de las nuevas capillas de la iglesia de Rueda, que delegó la decisión en el cillero mayor. Éste, fray Jimeno, conocía muy bien, por tanto, por su trabajo, todos los pleitos del monasterio así como todas las personas que trabajaban para él de los alrededores. Y también conocía a Juan y a la familia de la que descendía.

Mientras volvían hacia Alborge, por un tramo del camino que discurría al lado del Ebro, Juan de Pina no pudo más y se encaró con sus dos vecinos que habían sido elegidos jurados diciéndoles que no eran ellos quienes habían luchado por los derechos de sus vecinos hasta entonces, pero que él esperaba que lo hiciesen a partir de ese momento, porque si alguien no merecía ninguna ayuda ni consideración era el monasterio y los que vivían dentro. Uno de los dos jurados recién nombrados, Pedro Bes, repetiría esas palabras al cillero a los pocos días. Y así quedó constancia en algún documento del archivo monacal.

 

1785

Domingo Pina se acerca a la plaza de la iglesia de Alborge. Hoy comienzan las obras de la torre de la iglesia y Domingo, con sus 20 años, recién casado y esperando su primer hijo, piensa que unas monedas más para su casa no le irían nada mal. Sabe que no le pagarán mucho porque dirán que es una obra del monasterio, al que él, su familia y sus vecinos pertenecen, y que es una obligación de los vasallos el trabajar para sus señores y más cuando la religión está por medio. Pero ahora mismo tienen poco trabajo para él en las tierras en las que suele trabajar. Así que es menester probar a ver si llega algo de los muchos dineros que dicen que han donado familias importantes del reino al abad para hacer estas obras.

Cuando Domingo llega a la plaza, ya hay una docena de hombres esperando lo mismo que él. Se comenta que desde que llegó el pasado año el nuevo abad don Miguel hay mucho movimiento de dinero por la redolada y por eso hoy incluso en la plaza se ven hombres que vienen de otros sitios, como Esteban de Sástago o Pedro de Escatrón. Se nota que este abad es de la zona, murmura la gente; se dice que su familia es natural de Maella; he oído que está levantando una torre con campanas en el monasterio, más alta que la que van a hacer aquí

Al poco rato de estar esperando, Domingo escucha a la comitiva del alcalde, que llega junto al representante del monasterio y quien supone será el jefe de la obra. Aparecen por la esquina de la calle mayor y en cuanto Domingo Pina ve quién viene como representante del monasterio, tiene claro que él no va a ser de los elegidos para trabajar en la torre. Fray Martín tiene demasiada buena memoria, lleva muchos años en Rueda y ha demostrado en distintas ocasiones a su familia que los pleitos de hace cien años, él particularmente no los va a olvidar nunca: para eso tiene la memoria escrita del archivo de Rueda.

Domingo Pina no trabajará en esa obra de la torre de Alborge, pero a la muerte de fray Martín, dos años más tarde, 1787, justo cuando nace el segundo hijo de Domingo, el que llevará el nombre de Valero, el abad permitirá trabajar sus tierras a personas a las que, por distintas razones, fray Martín se lo había negado. Así es como Domingo comenzó a trabajar parcelas del monasterio, volviendo a estrechar lazos entre su familia y el cenobio, lazos que habían sido muy, muy estrechos en el origen de Rueda, pero que permanecían ocultos por el paso del tiempo y por la imposibilidad de muchas personas a acceder a la cultura y a los documentos escritos.

 

2012

Domingo Pina pasea por el claustro del monasterio antes de realizar su intervención en unas jornadas sobre la historia de Aragón que van a celebrarse por vez primera en tan magnífico lugar. Es la primera vez que participa en un evento de este tipo. Está nervioso. Él no es historiador, pero una catedrática de la Universidad de Zaragoza le ha avalado como investigador para que pueda presentar hoy una primicia sobre algunos documentos de los archivos del Monasterio de Rueda. Va a dar una noticia singular.

Domingo imagina, mientras camina por el claustro, al abad Vicente paseando como él por estas estancias hace casi cuatro siglos. Lo imagina dando órdenes para acondicionar una sala para la ordenación del gran patrimonio documental que tenía el monasterio allá por la mitad del siglo XVII o para ampliar las capillas de la iglesia. Mientras, a otros monjes o abades del monasterio, se los imagina pensando de dónde sacarles unos maravedíes más de rentas a sus súbditos de los lugares del señorío de Rueda. 

Llega la hora y se sienta delante de representantes de distintas instituciones y de catedráticos de universidades e institutos de toda Europa. Domingo respira hondo y empieza a mostrar las imágenes de un libro que en los primeros momentos nadie identifica. “Esta obra de arte, datada en el siglo XII, contiene muchos documentos referentes al destino de la familia de Pedro y Domingo Capalvo y de la heredad de Alborge. Así, según pieza reseñada en el Lumen domus Rotae, Valerio de Pina testó en abril de 1199 y fundó por su alma tres pitanzas cumplidas de pescado para los cistercienses de Escatrón, en tres días de fiesta, diferentes de los que otras personas hubieran designado; sus ejecutores testamentarios elegirían tales días. Además cedió al monasterio todos sus derechos en Alborge, una vez fenecida la viudedad de su esposa Montanera. También por simples alusiones a documentos del Tabulario Mayor, conservadas en el Lumen domus Rotae, se sabe que Montanera, la viuda de Valerio de Pina, al otorgar testamento en enero de 1230, de acuerdo con la voluntad de su marido renunció a todo posible derecho que le correspondiera en Alborge; y que un brote de protesta de los hijos de Juan Capalbo, Domingo Capalbo y Benedicto Gualid, acabó en marzo de 1235 con la renuncia formal de los derechos que pretendían. Así es como mis antepasados perdieron sus derechos sobre el lugar de Alborge. Después de muchos años investigando sobre mi familia, resulta que detrás de una pared de la casa de mis abuelos, en Alborge, estaba escondido el origen de la familia Pina y su relación con el Monasterio de Rueda”. Así terminó su explicación Domingo Pina.

 

1836

Valero Pina, vecino de Alborge de 49 años de edad y descendiente de una familia que trabajó para el monasterio durante siglos, ha sido llamado, como buen conocedor del recinto, para ayudar en sus labores a la comisión liquidadora del Monasterio de Rueda para aplicar los decretos del ministro Mendizábal.

Valero aprendió a leer con un monje del monasterio, fray Dominico, cuando sólo era un niño y acudía con sus padres a trabajar tierras cercanas al monasterio por las que pasaba este fraile. Por aquellos años, antes de la guerra contra el francés, que dejó desierto el monasterio hasta 1814, Valero había descubierto en los papeles viejos del cenobio, con los que le enseñaban a leer, los nombres de sus antepasados. Había uno, de nombre Valerio de Pina, que llegó a poseer un cuarto del pueblo de Alborge, lugar que repobló su familia en el siglo XII, a la vez que se estaba construyendo el Monasterio de Nuestra Señora de Rueda.

Valero leyó en el monasterio por aquellos años, en los que casi salía de la infancia, testamentos y donaciones varias de hacía cientos de años y siguió la línea sucesoria de los Capalvo y los de Pina hasta llegar a este día de 1836, día en que pretende resarcirse de aquellas lejanas pérdidas. Porque Valero ya no es un súbdito sumiso, como él considera a esos antepasados suyos que legaron al Monasterio de Rueda sus propiedades.

Él, gracias -irónicamente- a algunos monjes, ha aprendido no sólo a leer, sino también a pensar y todo lo que ha visto a su alrededor desde que era un zagal no le lleva más que a pensar que esos abades, de los que tantas historias malas se cuentan -él mismo es consciente de que ni todas son ciertas ni todos los abades son iguales-, no son legítimos propietarios de nada de lo que hay en el monasterio. Él ha visto objetos allí dentro que valen muchos reales, pero que los abades han preferido amontonar allí dentro, mientras seguían exprimiendo a las pobres gentes de los pueblos de su señorío que vivían prácticamente en la miseria.

Aún recuerda Valero cómo abandonaban los monjes el monasterio aquel día del pasado año de 1835, con gran tristeza en sus caras. Él, a pesar de todo, los compadeció también, pues recordó a fray Dominico, aquel que le abrió los ojos al mundo a pesar de que él mismo estaba casi enclaustrado en aquel cenobio.

Ahora la comisión liquidadora está trabajando para que sean vendidas sus tierras y repartidos los bienes. Valero Pina ha esperado muchos meses para este día; justo desde que llegó la orden de exclaustración al monasterio tras la promulgación de los decretos de desamortización. Ha esperado a que alguien le señalara ante los de Zaragoza como el mejor conocedor del monasterio. Y lo ha conseguido. Ahora obtendrá su premio. Ahora le toca hacer inventario. Ahora ya tiene en sus manos el origen de Rueda y el de su familia. Ahora guardará en su casa para sus descendientes el Tabulario Mayor de Rueda.

 

Esta ficción la escribí en julio de 2012 y fue publicada en la revista de los Amigos del Monasterio de Rueda. Los datos reales fueron extraídos de:

- Víctor Sariñena Gracia Fuente, El Monasterio de Nuestra Señora de Rueda, 1983.

- Concepción Contel Barea, El císter zaragozano en el siglo XII: abadías predecesoras de Nuestra Señora de Rueda de Ebro, IFC, Cuadernos de Historia Jerónimo Zurita, 16-18 (1965).

1192, OCTUBRE

Juan Capalbo y Valerio de Pina, reparten la herencia familiar, correspondiendo al segundo la cuarta parte de Alborge.

— R. TM. fol. 264 (perdido) (B).

— Z. FD. fol. 389’ (extracto en español) sobre B.

Juan Capalbo, hijo de Domingo y nieto del poblador de Alborge Pedro Capalbo, partió con Valerio de Pina los intereses y bienes que le correspondían por parte de su abuelo y tíos; y en la partición le correspondió en suerte Alborge a Valerio de Pina, que así quedó señor de una cuarta parte.

1199, ABRIL

Valerio de Pina otorga testamento y cede a Santa María de Rueda sus derechos en Alborge, con reserva viudal de su esposa Montanera.

— R. TM. fol. 237 (desaparecido) (B).

— Z. FD. fol. 389’ es un extracto en español del documento B ;

El testador funda por su alma tres pitanzas cumplidas de pescado para beneficio del monasterio de Santa María de Rueda, en tres días de fiesta, diferentes de los que otras personas tengan designados; los ejecutores testamentarios elegirán qué días; para ello cede al monasterio sus derechos sobre Alborge una vez fenecida su esposa Montanera. 

- Gregorio Colás Latorre, El Justicia de Aragón en el señorío, Revista Pedralbes, 23 (2003), 77-94.

 

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